La Ruta del Atún

La Ruta del Atún

Del empapado reino de las cigoñuelas, altas y delgadas aves convertidas en símbolos en Castro Marim, al oasis cosmopolita de Monte Gordo. De la monumental Tavira de las 32 iglesias, a Manta Rota de las aguas limpias y cálidas. Donde acaba la Ría Formosa comienza el paseo por el más caliente de los algarves.

Allí, de donde partían los hombres para la campaña de los atunes, quedan pocos vestigios de la antigua faena: artes y barcos cubren las aguas calmas, como conformados, tal vez felices, con la elección.
Pero allí todavía viven los hijos de los valientes del atún. Poco comunes, de cabellos blancos y dedos petrificados y gordos, reparan las artes de captura a mano. También los veremos agarrados al rastro, curvados sobre el arte y de madrugada labrando arenas en busca del maná de los bivalvos, en el istmo peninsular de Cacela.

A la misma hora, los nietos de las gentes del atún se esparcen por la costa, llenan propiedades en Monte Gordo y simpáticas casitas de comidas en Cabanas y Altura. Más tarde, con el eterno azul del sur en el punto de mira, degustaremos allí el producto del agua y del carbón, saborearemos el más blando de los rellenos del rastro. Y siempre mirando al azul, adivinaremos los hechos gloriosos y las guerras de los remotos hombres de la ruta del atún.

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Resumen del Recorrido de la Ruta del Atún

Dimensión del Recorrido: +/-72 km.
Itinerario: Monte Gordo » Vila Real de Santo António » Castro Marim » Aldeia Nova » Manta Rota » Cacela Velha » Fábrica » Cabanas » Tavira » Ilha de Tavira » Vila Real de Santo António » Monte Gordo.

Acerca de la Ruta del Atún

La Ruta del Atún se desarrollará bajo el signo del azul del océano, del amarillo dorado de las arenas, del verde de los pinares y del blanco de la cal y de la sal.

Monte Gordo es el punto de partida. La mirada se explaya por la amplia bahía, por la playa inmensa. Los barcos coloridos dispuestos a poniente de la playa demuestran que la tradición aún es lo que era y que la pesca artesanal continúa.

Los pescadores ya vivían aquí a principios del s. XVIII y, además de portugueses y andaluces, hay noticias de los que vinieron de las costas francesa y catalana.

El Marqués de Pombal, allá por el terremoto de 1755, intentó con todas sus fuerzas que se mudasen para la recién construida Vila Real de Santo António. A los hombres de mar no les gustó y, si unos se fueron para Andalucía, otros se metieron en sus barcos y se fueron para Meia Praia en Lagos, donde el arenal y la bahía tienen dimensiones semejantes. Otros, obstinados, se quedaron.

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Tal vez de estas amarguras, de este combate desigual que oponía al poderoso Marqués contra los modestos pescadores, proviene el hábito de desahogarse y maldecir, con un lenguaje colorido y a veces irrepetible. Los juramentos de Monte Gordo son famosos en todo el Algarve.

En los años 40 del s. XX, las familias alentejanas ricas comienzan a construir viviendas para pasar aquí la época de los baños, y en los años 60, con la llegada de la industria turística, se construye uno de los primeros hoteles de la región.

Por la carretera que rodea la mata litoral de pino manso, un manto verde, fresco y profundo donde vive el camaleón, una especie protegida por encontrarse en vías de extinción, llegaremos a Vila Real de Santo António.

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A la derecha nos encontramos el faro, imponente, con sus 46 metros de altura. Los navegantes dependen durante la noche de su luz para saber dónde acaba el mar y comienza la tierra; de día, las listas azules pintadas en la torre les indican la zona de la costa.

La carretera costera gira después hacia la boca del río Guadiana que, aunque ancha, deja ver la población Ayamonte plantada en la otra margen.

Poco más de una manzana nos separa del casco histórico de trazado pombalino, un estilo de construcción único en el Algarve inspirado en la experiencia reconstructiva de Lisboa después del terremoto de 1755.

Las calles trazadas a escuadra y cartabón convergen en la Plaza Marqués de Pombal, con su calzada portuguesa de diseño radial.

Alrededor están la Iglesia, el Ayuntamiento y la antigua Casa de la Guardia decoradas con canterías y hierro forjado.

Creada para sustituir a Santo António de Arenilha, destruida por el terremoto, esta villa nació el 30 de diciembre de 1773 para defensa de la frontera. Con el tiempo, se transforma en un importante núcleo conservero y animado centro comercial.

Amantes de los manjares, los habitantes de Vila Real confeccionan platos de atún, usan creativamente los mariscos y los moluscos, y hacen de la animada zona comercial una terraza casi continua.

Usamos la salida norte de la ciudad para tomar la IC 27 en dirección a Castro Marim, sumergido en plena Reserva Natural del Pantano de Castro Marim y de Vila Real de Santo António, hogar de muchas especies de aves, más de un centenar. A esas se suman las que buscan refugio estacional y también otras que allí paran, en sus migraciones de camino al calor del sur.

Si la ola rosada de flamencos recorre los estuarios de la Reserva en el otoño, el vuelo elegante de la cigüeña, un ave residente, está presente todo el año. Los patos salvajes, a su vez, obedeciendo a no se sabe qué invisible señal, de repente despliegan sus alas, rumbo al sur.

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Castro Marim existe desde hace milenios, antes de ser el puerto romano de Besarius y sede de la Orden Militar de Cristo en el siglo XIV. Y desde tiempos inmemoriales, la geometría de las salinas domestica los estuarios y el pantano en el que se explaya el Guadiana cuando se aproxima a su desembocadura. Los cristales de sal brillan al sol, amontonados en pirámides, una actividad artesanal que se mantiene.

Desde las almenas del secular Castillo, se ve el panorama del río y de la reserva, con las ciudades de Ayamonte y Vila Real en el horizonte.

En la base de las murallas, de la arquitectura tradicional de la villa destaca la Iglesia parroquial del s. XVIII. En las colinas de alrededor, se encuentran el Forte de S. Sebastião (Fuerte de San Sebastián) y la Ermida de Santo António (Ermita de San Antonio).

La gastronomía tradicional se compone de pescado, crustáceos y marisco. Las sopas de pescado se alían, entre otras especialidades, al cangrejo del pantano, las habas sapatadas o el pescado frito con açorda (sopa de pan con cilantro y ajo).

Las rústicas piezas de artesanía incluyen encantadoras miniaturas de madera, cestería, encaje de bolillos y tapices.

Los Días Medievales de Castro Marim son un festival que todos los años en septiembre transforma a los habitantes en personajes de la época durante tres días. Los banquetes son especialmente concurridos, pero también se celebra una feria franca y un vistoso cortejo.

Para regresar al litoral, seguiremos por la conexión 125-6 que serpentea dentro de la Reserva hasta la EN 125 propiamente dicha, junto a Aldeia Nova.

Aquí, el rumbo indica hacia el oeste, hasta el desvío, 4 km después, hacia Manta Rota.

Entre el estuario del Guadiana y la Ría Formosa, que aquí empieza, son 12 kilómetros de playa continua, una de las más extensas de Europa. Esta zona tiene las aguas más calientes de Portugal, ya que la bahía protege las playas de las corrientes del océano.

Manta Rota se supo conservar como una pequeña villa, donde es agradable vivir o veranear.

Una carreterita próxima al mar permite cubrir fácilmente la media docena de kilómetros que nos llevan hasta Cacela Velha.

La antigua aldea se organiza en torno a la noria medieval, pero la vista sobre la ría, junto a la muralla del fuerte construido en 1749, bien merece por si sola la visita.

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Una de las casas ostenta en la pared un poema de Sophia de Mello Breyner Andresen:
“Las plazas fuertes fueron conquistadas
Por su poder fueron sitiadas
Las ciudades del mar por la riqueza
Sin embargo Cacela
Fue deseada solo por la belleza”.

El Parque Natural de la Ría Formosa exhibe aquí todo su esplendor. De un lado está el océano, del otro los estuarios, pantanos e islotes entrecortados por canales y pequeños mares. En el medio, una barrera de islas estrechas y arenosas que se despliegan en sentido más o menos paralelo a la línea de la costa: Barreta, Culatra, Armona, Tavira y Cabanas. La agitación del mar y el vaivén de las mareas contrastan con los espejos de agua de la ría que limitan con playas y dunas anunciadoras de tierra firme.

Cacela es antiquísima y nació en la margen derecha del río del mismo nombre, en la cima de un peñasco.

Habrían sido los fenicios sus primeros habitantes, allá por el año 800 a. C.; los romanos, por su parte, construyeron instalaciones pesqueras, y los árabes edificaron un fuerte. Don Paio Peres Correia, Maestro de Santiago, la reconquistó en 1242.

Hasta hoy, el blanco de la cal reviste las paredes de todas las casas, con la moldura de puertas y ventanas realzada de azul o gris, formando un conjunto armonioso que consiguió permanecer prácticamente incólume.

Saliendo de Cacela, se toma el desvío a Fábrica, que está situada casi en la orilla del agua y cuyo nombre proviene de una antigua fábrica de transformación de pescado. La zona es rica en viveros de ostras y almejas, que pueden saborearse en los restaurantes a la orilla del agua.

De regreso a la EN 125, 8 km después llegamos a Cabanas, embreñada en la Ría Formosa y que vale la pena visitar por su bella playa, solo accesible por barco. Inicialmente allí solo había cabañas de pescadores, frágiles construcciones artesanales de uso provisional durante la época de la pesca del atún. Esta fue sustituida por la captura del pulpo cuando Sebastião Viana, natural de la tierra, descubrió la técnica del alcatruz actualmente utilizada por todo el litoral.

Este es un buen sitio para probar las variadas y apetitosas recetas de pulpo.

De nuevo en la EN 125, caminaremos 5 km hasta Tavira, la ciudad de las 32 iglesias, cuyo origen se remonta a la prehistoria como puerto de embarque de los mineros del nordeste algarvío y de desembarque de los productos del Mediterráneo.

Durante el dominio islámico fue una de las principales poblaciones del Algarve. Se convierte en el principal puerto de apoyo después de la conquista de Ceuta (1415), lo que lleva a su elevación a ciudad en 1520.

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El río Gilão marca su fisonomía e identidad, reunidas sus dos márgenes por medio de un hermoso puente románico de siete arcos.

Tavira posee calles muy bellas y un importante casco histórico, con un amplio patrimonio arquitectónico y una colección arqueológica muy variada.

Un ejemplo es el famoso Vaso de Tavira, probablemente del s. XI, pieza lujosamente decorada que supuestamente se usaba en los rituales islámicos del matrimonio. Las pequeñas esculturas representan a una pareja, guerreros que simbolizan la fuerza, músicos y animales. De estos últimos, las palomas significan el sentimiento y la tortuga la fidelidad.

En aquel tiempo, la localidad era conocida por Alcaria Tabila. En los alrededores se disfruta de un bello paisaje, pero es verdaderamente en Quatro Águas o en la Ilha de Tavira donde la ciudad se reconcilia con el mar en cambiantes de luz, serenos y luminosos. La Ría Formosa muestra un escenario perfecto de una ciudad con historia y llena de historias por descubrir.

El regreso a Vila Real de Santo António se hará por la Vía do Infante, aprovechando la localización privilegiada de la carretera. Al sur se ve la larga bahía de Monte Gordo deshaciéndose en azules varios y el caserío al lado de las playas. Al norte se recortan en el horizonte las suaves ondulaciones del barrocal.

Naranjos en flor perfuman el aire, ganan las laderas más escarpadas a los olivos y al encino. Aquí y allá, una pincelada de color dada por la cal de las paredes de las casas rurales hace el verde de las jaras aún más profundo.

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