Ruta de Fóia

Ruta de Fóia

La Ruta de Fóia pasa por Portimao, Monchique, Silves y Lagoa, entre otros puntos, y el recorrido es de más de 100 km.

Allá arriba, en Monchique, la vista sobre el occidente meridional es deslumbrante. Dos mares en el crepúsculo ansioso de una mirada, la luminosidad de la cal a nuestros pies, cerca y lejos, allí donde sabemos que están Lagos y Portimão.

También rodeamos antiguas casas de pescadores, actuales segundas residencias a menudo llenas de veraneantes ocasionales, playas de acantilados, rocas y gaviotas amantes de la espuma y la arena que les moldean las patas al final de la tarde.

En las conservadas almenas del dominador Castillo de Silves adivinaremos guerras con saetas, catapultas y aceite hirviendo, divisaremos la misma sangre roja vertida por moros y cristianos en la última de las conquistas, hace siete siglos.

En las carreteras de la sierra contornearemos el menos mediterráneo de los paisajes algarvíos.

Se dice que por allí hay mayor parentesco con Sintra y Monserrate. Pero también con la Selva Negra, los Picos de Europa y los frondosos paisajes de Madeira. Entre los alisos y el olor a pino, entre el viento fresco y la humedad circundante canta el paraíso del bosque: el que ahora se propone es un baño diferente para la piel y la vista.

Pero también para el alma. Allí, en las cercanías de Fóia, en donde se divisan entre piedras agrestes esos otros paraísos del turismo, en decenas y decenas de kilómetros del sudoeste portugués.

Resumen del Recorrido de la Ruta de Fóia

Dimensión del Recorrido: +/-112 km.

Itinerario: Portimão » Ponta de João Arens » Alvor » Alcalar » Fóia » Monchique » Caldas de Monchique » Porto de Lagos » Silves » Lagoa » Estombar » Sítio das Fontes » Carvoeiro » Algar Seco » Ferragudo » Portimão.

Acerca de la Ruta de Fóia

Esta ruta transita entre Portimão y Fóia e iremos de las grandes rocas de la Playa de Rocha, que el mar lame y el viento acaricia moldeándolas en encantadores caprichos de la naturaleza, hasta el punto más alto del Algarve, Fóia, que se yergue altanero en el verde paisaje de la Sierra de Monchique.

Una mirada a diferentes algarves, un paseo lleno de contrastes y sorpresas.

Se parte de Portimão descubriendo antes la ciudad turística que derrocha vida, la urbe que nació entre las márgenes del río Arade y el mar.

La historia cuenta que fenicios, griegos, cartagineses, romanos y árabes remontaron el río Arade hasta Silves, y dejaron vestigios en la región. Pero son los descubrimientos portugueses, en pleno siglo XV, los que dan origen a la moderna Portimão.

Una vuelta por la ciudad se inicia inevitablemente en el casco histórico, que conserva algunos paños de las murallas medievales entre el caserío. No obstante, es la arquitectura de finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX la que marca el perfil de estas calles, con casas de dos plantas, barandas de hierro forjado, canterías ennoblecidas en las ventanas y puertas, y paredes revestidas de azulejos. Las estrechas calles del antiguo barrio de pescadores y comerciantes, como el Largo da Barca, en la Rua Nova, y el Postigo da Igreja son un buen ejemplo.

En cuanto a monumentos, visite la Igreja de Nossa Senhora da Conceição (Iglesia de Nuestra Señora de la Concepción) con su pórtico de gres, inscrito en una bella fachada. Junto al río, poco distante de la bocana, se encuentra el Convento de S. Francisco, construido en 1535. De su iglesia, tan sobria como los conventos, se conserva un precioso pórtico.

A continuación, el Colegio de los Jesuitas, de líneas austeras y majestuosas, construido entre 1660 y 1707 por mandato de Diogo Gonçalves, hidalgo enriquecido en Oriente. Su iglesia, la más amplia del Algarve, es de una sola nave (característica de las iglesias de salón).

La Capela de São José (Capilla de San José), de sencilla fachada, se sitúa en la zona antigua de la ciudad, frente a los astilleros navales. Muy cerca está la antigua Fábrica de Conservas Féu transformada en Museo Municipal, instalado en el edificio de finales del s. XIX, un bello ejemplar de arqueología industrial.

El puerto de Portimão ofrece, por su parte, una trepidante zona comercial y de animación y una bella playa artificial.

Muy cerca, en la Playa de Rocha, los acantilados enmarcan la amplia ensenada de arena. En el mirador de Bela Vista, el azul del mar se confunde con el horizonte, que brilla al sol.

La Fortaleza de Santa Catarina de Ribamar mira vigilante a la desembocadura del Arade y, junto con el Forte de São João (Fuerte de San Juan), al otro lado del río (en Ferragudo), aseguró en tiempos pasados la defensa de la ciudad y del puerto.

Saliendo de la ciudad hacia el oeste se encuentra la Playa de Vau, cuya característica principal son las aguas templadas y tranquilas y las arenas finas. Un poco más adelante, Ponta de João Arens es un mirador natural, extremo de los peñascos que envuelven la playa de Três Irmãos, mientras que Prainha se esconde entre rocas donde revolotean gaviotas y cuyas zonas sumergidas son muy frecuentadas por los que aprecian el buceo. Las aguas límpidas permiten desvelar los misterios subacuáticos y quizá algún tesoro proveniente de los muchos navíos que aquí naufragaron a lo largo de los siglos.

La próxima parada es en Alvor. Un pequeño paraíso inigualable, la Ría de Alvor tiene de un lado el mar y del otro el amplio estuario del río, separados por una extensa duna. Escenario de una quietud total que se puede gozar más de cerca en inolvidables paseos en barco.

Los pescadores artesanales mantienen intactas las artes de pesca y marisqueo, y también sus barcos coloridos. Dice la tradición que habrían venido de Monte Gordo, unos para intentar embarcar hacia el Nuevo Mundo y otros huyendo del Marqués de Pombal, que mandó arrasar sus cabañas en la playa para obligarlos a vivir en Vila Real de Santo António. Las aves migratorias hacen sus nidos en los pantanos, planean y revolotean sobre las aguas bajas junto al arenal, rayando con sus alas el azul del mar.

Vale la pena observar la Iglesia parroquial, con pórticos de estilo manuelino, profusamente labrados. Una curiosidad: la sacristía, anexa a la iglesia, es un antiguo morabito árabe. Desde el atrio de la iglesia se goza de una excelente panorámica de la ría.

Las ermitas de San Juan y San Pedro, de forma cúbica y cúpula esférica, son otros dos morabitos árabes. Del Castillo de Alvor restan solo dos restos de la muralla con casas adosadas. Y junto a la pacífica aldea de Montes de Alvor, el aeródromo permite deportes como el paracaidismo o también transportes privados rápidos.

Seguiremos después para Tapada da Penina, que en hebreo significa perla.

En este antiguo arrozal nació el primer campo de golf del Algarve, diseñado por Sir Henry Cotton y rodeado por enormes y frondosos árboles. Los aficionados tienen en esta zona otros campos, de reconocida calidad internacional.

Por la EN 125 y en dirección Lagos, basta seguir las indicaciones para acceder a las ruinas de Alcalar. Los restos arqueológicos demuestran una presencia humana que se remonta al neolítico. El monumento resistió más de 4.000 años.

En el Centro Interpretativo, el visitante encuentra información para saciar su curiosidad. Un poco más adelante se encuentran los vestigios de una villa romana construida en el s. III d. C. por un rico propietario rural, en la confluencia de los ríos Farelo y Senhora do Verde. En los bellos mosaicos reside la mayor riqueza de las ruinas de Abicada.

Estamos ya en el barrocal algarvío, y pasamos por la aldea Senhora do Verde, zigzagueando por una carreterita de montaña, a través de espectaculares plantaciones de alcornoques y valles cultivados. El acebuche, el olivo o el algarrobo se alternan con plantas salvajes y aromáticas. Asociada a esta impresionante diversidad de plantas subsiste una fauna abundante.

Entre las aves, destacan las de rapiña, diurnas y nocturnas, y muchos pájaros como el abejaruco, la oropéndola, el rabilargo, el pájaro carpintero, el jilguero, el verderón o las currucas.

En breve llegaremos a Casais, a 8 km en la falda al sudoeste de Fóia; a corta distancia se encuentran la Quinta y la Capela de Santo António (Capilla de San Antonio), fundadas por el obispo de Silves (1501 a 1536), Don Fernando da Silva Coutinho.

Si giramos en Casais por la EN 267 en dirección a Marmelete, 4 km después encontramos Portela Baixa, lugar desde donde se avista la costa desde Quarteira al Cabo de San Vicente. Hay que seguir la carreterita que se dirige a Chilrão, en una ladera bañada por el viento del Atlántico, mientras la vegetación se va enrareciendo a medida que subimos, hasta ser solo tojo y brezo.

Y así llegamos al Mirador de Fóia, en la cima de la sierra, a 902 metros de altitud, en uno de los más bellos panoramas del sur, que abarca un amplio horizonte que se extiende por el litoral y por las ondulaciones del Alentejo. En días claros se ve desde Sagres a Faro, al sur, o la Sierra de Arrábida, al norte.

El paisaje difiere del resto del Algarve y se despliega en escalones y fuentes burbujeantes. El manantial de Fóia, a 798 metros en la ladera noroeste, mantiene un caudal inalterable, sea invierno o verano, y una temperatura constante de 14 ºC, dando una sensación de frescura en los días cálidos y de tibieza en el tiempo más invernal.

Se desciende hacia Monchique, donde hay hortensias y camelias por todas partes, y el Largo de São Sebastião (Largo de San Sebastián) es una visita obligada.

En el casco urbano de la villa destacan la Iglesia parroquial, con un pórtico principal manuelino, la Capilla del Santísimo, las iglesias de San Sebastián, de la Misericordia y la Ermita del Señor de los Pasos. Las ruinas del (Convento de Nossa Senhora do Desterro) Convento de Nuestra Señora del Destierro, a menos de 1 km, están rodeadas de arboleda y desde ahí se goza de un admirable paisaje. Justo al lado, se yergue el mayor magnolio de Europa, catalogado como patrimonio natural.

Los “sitios”, como aquí se suele llamar a las fincas o pequeñas aldeas, invitan a paseos a pie y a caballo, al cicloturismo y a la fotografía panorámica.

Después de una tan variada paleta de verdes, sienta bien hacer una pausa para saborear la gastronomía, pues la cocina de Monchique es interesante y con combinaciones bastante curiosas, como los platos de arroz con castañas, las papas mouras hechas de maíz o el típico asado de cerdo.

Particularmente sabrosos son los embutidos artesanales de cerdo ibérico y el jamón curado a la antigua. Entre los dulces destaca el bolo de tacho y el pudín de miel. Tierra de madroño, salvaje y espontáneo, son famosos su miel y su aguardiente.

Comenzaremos el regreso al litoral saliendo de la villa por la EN 266. A lo largo de la carretera, las pequeñas tiendas de artesanía son una tentación, con sillas de tijera inspiradas en los asientos romanos, la cestería de mimbre y la tejeduría.

Caldas de Monchique surge ahora en una curva de la carretera, entre el verde de la montaña y el azul del cielo. Aquí se localizan las Termas de Monchique, donde brota un agua suave, pura y cristalina, que los romanos bautizaron como “sagrada”, por aliviar el reumatismo y las afecciones de las vías respiratorias. Su más ilustre huésped fue el rey Don Juan II. Con su perfume romántico, en las termas apetece mucho pasear entre eucaliptos y alcornoques y subir hasta la cima de la Picota, cuyos declives ofrecen una vista magnífica.

Todavía en la misma carretera, bordeada de vegetación exuberante, llegaremos a Porto de Lagos en el valle del río Odelouca, un antiguo puerto fluvial usado hasta el siglo XIV.

Cuenta la leyenda que una princesa mora y un príncipe cristiano huyeron juntos. El padre de ella, furioso, los persiguió hasta el río, donde la pobre princesa, al intentar permanecer con su amado, se ahogó. El padre, desesperado, la llama: “Oh! de louca!” (“¡Oh, loca!”). Y el nombre permaneció.

No caminaremos más de 10 km hasta Silves, la magnífica Xelb, donde califas, príncipes y poetas vivían en el “Palacio de las Barandas”, asomado al Arade. Su bello castillo de gres domina el paisaje.

Con solo unos pasos llegamos a la puerta del Museo Municipal de Arqueología, construido en torno a una cisterna del s. XII, de varias plantas. Una visita a la Iglesia de la Misericordia, con pórtico de estilo manuelino, o a la antigua Catedral también resulta indispensable.
A continuación se coge la vía al este de la ciudad, en dirección Enxerim, hasta la Cruz de Portugal, un crucero quinientista de tres metros de altura ricamente esculpido.

Al sosiego de estar entre colinas suaves y piedras con historia, se une el exotismo del Centro Cinegético, a unos 6 km de distancia de Silves.

El Centro de Caza Turística está instalado en una vieja escuela primaria restaurada. Tímidos, los ciervos y los gamos comparten el espacio con los faisanes y águilas que allí se recuperan, cuando se encuentran heridos o enfermos, para después recuperar la libertad.

La gastronomía de Silves recurre a sabores antiguos y olorosos, como la sopa de patata a la antigua, con hierbabuena y pan casero. Por el Arade venían los jureles que se escamaban en salmuera y de la sierra la caza. El bollo real, el dulce de huevos o las medias lunas son los dulces tradicionales. En la fruta, nada mejor que la naranja algarvía.

La Leyenda de los Almendros es una de las más antiguas y en Silves se aplicó a los amores de la nórdica Romaiquia y Al-Mutamid, poeta y príncipe de la ciudad, hijo del califa de Sevilla. Cuenta la leyenda que la bella princesa moría de melancolía por no ver la nieve, como en su tierra. Para agradarle, el príncipe del sur que la raptó mandó plantar en todos los campos almendros para que sus flores blancas se confundieran con los tiernos copos. Se curó la princesa de la melancolía y así vivieron felices.

Embelesados por las leyendas, saldremos de la ciudad atravesando el Arade y seguiremos la carretera que lleva a Lagoa pasando por Venda Nova, envuelta por naranjos.

Son apenas 6 km hasta Lagoa, a la que los árabes llamaban Abenabece. Al sol maduran las variedades de uvas de excelente calidad.

Distando la ciudad unos 5 km de la costa, aquí se vive un ambiente tranquilo con inviernos suaves que invitan a paseos a caballo o a pie.

Su monumento más importante es el Convento de S. José, ahora utilizado como centro cultural, con una galería de exposiciones.

Construido en el siglo XVIII, posee una torre con mirador y un arco sobre la calle. En la entrada existe un Torno de los Expósitos, donde antiguamente se depositaban en el anonimato a los niños abandonados. En los jardines se levanta un menhir, datado de 5000 a. C., que fue trasladado desde la zona de Porches.

La artesanía también está presente en el día a día de Lagoa, en especial la alfarería, coloreada con bellos tonos azules y decoraciones campestres y marinas. Las delicadas miniaturas de barcos de pesca y carrozas son emblemas del arte popular.

Caminaremos cerca de 2 km hasta Estombar, una pequeña aldea cuya iglesia nos fascina a primera vista, debido a los azulejos setecentistas y a dos columnas, únicas en todo el país, que están totalmente recubiertas de ornamentos que reproducen plantas exóticas y figuras que dan al conjunto un toque oriental.

Es bueno ceder a la llamada del agua de Sítio das Fontes, situado a cerca de 1 km, en la margen izquierda del río Arade, un parque de ocio, o más propiamente dicho un ecomuseo con olivos centenarios, lirios salvajes, orquídeas bravas, cardos y chopos, en una orgía de colores de una naturaleza caprichosa.

Estamos ya de nuevo junto al mar, después de caminar 4 km hasta Carvoeiro, desde cuya playa los coloridos barcos de los pescadores parten para la pesca.

A 800 m se encuentran las insólitas rocas esculpidas por el viento y por el mar de Algar Seco, dando lugar sus formas fantasiosas a la romántica “Varanda dos Namorados” (Baranda de los Enamorados). El lugar es fascinante, con 18 grutas visitables en barco y accesibles por secretos itinerarios a lo largo del acantilado.

Después de contemplar la belleza de la Playa de Pintadinho, en los elevados acantilados, será necesario retroceder y pasar por Mato Serrão y tomar dirección a Ferragudo. La aldea de pescadores debe su nombre a un “hierro agudo”, usado para retirar del mar las redes cargadas de sardina.

La Igreja de Nossa Senhora da Conceição (Iglesia de Nuestra Señora de la Concepción) suspendida sobre el puerto, en la cima de una curiosa escalinata, posee una interesante colección de exvotos de hombres del mar, en reconocimiento por salvamentos milagrosos.

Para guardar la desembocadura del río Arade, se construyó en Ferragudo la fortaleza de São João (San Juan). Hoy en día, la fortaleza y la aldea son un refugio privilegiado de ocio y de su puerto parten los cruceros de paseo que remontan el río, pasando por Ilhota, donde se erige la ermita del Rosario, entre un paisaje de terrenos rocosos, montes y grutas de las márgenes del río.

De regreso a Portimão, es tiempo de probar la gastronomía local en los innumerables restaurantes. La proximidad del mar elige la sardina asada y las almejas como principales exponentes deliciosos. La pastelería destaca la importancia de los frutos secos y es elemento primordial del patrimonio gastronómico.

Portimão hierve de vida, y la única dificultad será escoger dónde cenar y qué local elegir para terminar alegremente el día o más bien la noche, en la cual el casino, con sus espectáculos, se presenta como una buena opción.

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